En un partido con un guión inexplicable, el Barça pasó de tener el partido en la mano (0-2), incluso a sentirse muy superior, a ver como el Villarreal no sólo le remontaba el marcador hasta golearle (4-2) sino que evidenciaba sus debilidades a días de que el Atlético viaje al Camp Nou, a terminar empatándolo (4-4) en una locura difícil de reproducir. El empate final es, sin duda de campeonato, el de un líder capaz de todo, de luchar por un título hasta el último suspiro. Es el espíritu ganador culé.

El técnico se la jugó con las rotaciones. Preguntó a Messi y después a Suárez y diseñó un once pensando en la Liga pero también en la Champions. Dejó en el banquillo al argentino y a los dos titulares, Piqué y Rakitic, apercibidos de sanción. Era el mejor momento y el escenario adecuado. Justo en el calentamiento, se enteraron de los dos goles del Atlético pero la decisión estaba ya tomada. Lo que Valverde no sospechaba era que viviría en una montaña rusa sin control.

El Villarreal aguantó lo que quiso el líder, que fue muy poco. El ‘submarino amarillo’ juega a espasmos y eso es peligroso, porque si no se está efectivo, se acaba encajando. No tiene término medio. Pasó de taladrar a la defensa azulgrana –suerte que Ter Stegen extendió el cuerpo con una soberbia espectacularidad, en un cabezazo de Iborra y en una internada de Samu- a caer víctima de un Barça por instantes arrollador.

Espabilado y muy vertical, el equipo azulgrana trató de ajusticiar a su rival por la vía rápida. Le bastaron cinco minutos, en el que el fútbol descubrió la mejor versión de Malcom, como canalizador del juego ofensivo, asistente y goleador. Todo a la vez. Abierto en la banda, le dio el pase de gol interior a un móvil Coutinho. Hacía cinco meses que el sustituto de Dembélé no marcaba en la Liga. Minutos después, el ex del Girondins abundó en la zozobra amarilla con un cabezazo dirigido. Sus compañeros le abrazaron efusivamente. Y no saciado, protagonizó una tercera acción que su amigo Coutinho envió al palo. Ni veinte minutos y 0-2 en el marcador.

Pero el partido no estaba finiquitado como creían. Ni mucho ,menos. El Villarreal juega a sacudidas y cuando parecía que estaba noqueado, hundido rearmó su moral organizando un contragolpe que pilló al Barça descolocado. Samu no falló. Su chut golpeó en el palo y su remate posterior llevó el balón a la red. Del 0-2 se pasó al 1-2 y con el Villarreal resucitado, el Barça se aturulló en defensa, tanto que Ter Stegen repelió el empate con el pie. Los errores se acumulaban en exceso en todas las líneas. Los azulgrana gritaban el fin de la primera parte. Dos faltas, una de Cazorla y otra de Suárez, pudieron escribir otro guión.

Para tumbar al ‘submarino amarillo’, el Barça no solo necesitaba más torpedos sino también un buen capitán. A los cuatro minutos de la reanudación, otra vez Samu con una internada por la izquierda cogió a la defensa y a Ter Stegen fuera de sitio. Un partido que el Barça lo tenía en la mano sin Messi estaba en empate. La renta de dos goles se habían esfumado. La fragilidad azulgrana era desesperante.Justo cuando Leo entró en el campo, el Villarreal logró el tercero, obra de Iborra. El problema era ya morrocotudo.

El Barça tenía media hora para subsanar el desaguisado. El agujero era importante. Con el Barça descontrolado, Ter Stegen evitó con la manopla el cuarto. En la banda, Valverde no daba crédito a lo que veía. Ni con Messi llegaba la mejoría. Bacca, en un desmarque brillante, ponía el 4-2. Leo puso su granito de arena con un gol de falta. Suerte de él, suerte de que está é. Un gol de falta dio aire a los azulgrana, que puso empeño hasta el final. Y cuando menos se esperaba, llegó el gol del Luis Suárez en un torpedo final brutal.