Redacción – Leo Messi, el mejor del mundo, el quinto este año para algunos ‘entendidos’, dictó la sentencia del derbi cuándo y cómo quiso. Anotó dos golazos de falta, dio la asistencia de otro y fue el instigador del cuarto. Eso sin contar un remate al palo del que muchos presumirían. El 10’ del Barça no sólo destrozó al Espanyol (0-4) en Cornellà sino que fue capaz de vaciar sus gradas. La ley de Messi es incuestionable ante un equipo blanquiazul que sumó su cuarta derrota seguida. Tan inexplicable como su juego triste e irreconocible, más voluntarioso que preciso. El Barça, tras este 0-4, sigue líder incontestable.

Valverde no refrescó el once pero quiso ser justo con el estado de forma de la plantilla. Dembélé entró por un irreconocible Coutinho y la apuesta le acabó dando resultado. En el Espanyol, Rubi dejó a Granero en el banquillo para dar poder a los extremos. Y el choque de sistemas se inclinó del lado azulgrana, imponente en la presión, en el dominio y en el control del balón. El blanquiazul, en cambio, se descolocó pronto y la disfunción propició muchos errores en la media y hueco por la derecha que Semedo aprovechó. El Espanyol no fue el Espanyol de antes de la crisis. Ni por asomo, Aquel constructor, el defensor de Cornellà, el aguerrido. Fue un equipo entregado a la genialidad de un crack inigualable.

Pero con Messi en el campo, el fútbol puede adquirir una dimensión descomunal en un instante. De nada sirven los dibujos tácticos. El balón le busca y su improvisación se transforma en arte. Pasó en el primer gol, cuando en una pérdida espanyolista empezó a esprintar hasta que tres jugadores se interpusieron a la brava provocando una desesperada falta en la frontal. A una veintena de metros, a una distancia ideal. Y Leo no falló. No suele hacerlo. Su lanzamiento fue estéticamente perfecto. Más preciso que potente, más colocado que alto. Le bastaron 17 minutos para convertirse en el mayor verdugo de la historia del Espanyol en Liga.

Con una superioridad y una autosuficiencia mayúscula, reconfortado con una de las primeras partes de la temporada, Messi se sintió cómodo y eso puede resultar terrible. Su asistencia en el segundo aunó su estado de ánimo y un punto de inspiración. Nueve minutos después, secundado por su escudero de guardia, Arturo Vidal, fue capaz de tratar de penetrar por el muro perico, levantarse de los escombros y filtrar una asistencia para que Dembélé anotara el segundo nueve minutos después, en el 26.

Pese a a los dos mazazos que le dejaron aturdido, el Espanyol trató de mirar a Ter Stegen. Lo hizo en un par de ocasiones con dos testarazos de Duarte y de Hernán Pérez que no entraron por la buena colocación del alemán y también por su buena suerte. El Barça sufría en los córners y en los balones por alto, pero nada más, Una vez se apoderada del esférico, el Barça carburaba a tope. Dos balones al palo, uno del propio Leo y otro de Luis Suárez, dejaron claro que el encuentro ya no se les iba a escapar.

Dos advertencias de lo que vendría después. El origen volvió a ser Messi. ¿Quién si no ? En una recuperación en la media, el argentino cargó el balón a la derecha, Dembelé dio un pase avanzado a Luis Suárez que con suavidad y casi sin ángulo superó en el último minuto de la primera parte a un desconcertado Diego López. El 0-3 podría ser el resultado final de cualquier otro partido pero para el Barça fue la primera parte.

En la segunda, ya sin nada que perder, el Espanyol tiró de orgullo más que de manual y tuvo un barniza más peligroso que eficaz, Ya oteando la orilla, el Barça se fiaba de las diagonales de Messi y de su juego. Cada vez que cogía el balón, la intensidad de la grada bajaba en revoluciones. Como en aquella jugada, con una pared con Dembélé al contragolpe que el propio ‘10’ del Barça remata al cuerpo del portero. La obligada valentía perica propiciaba el juego azulgrana.

El Espanyol volvió a cometer el error de parar al Barça al borde de la frontal. Lo hizo primero con Luis Suárez pero, de nuevo, Messi volvió a taladrar la portería perica. En otra magistral ejecución de falta. Perfecta, bordada, espectacular. Nada que hacer. La pesadilla de Diego López, precisamente el primero que le paró un penalti.